Un día después de que España se proclamara campeona del mundo por segunda vez, empezaban nuestros días de estrategia. Esta vez no iban a ser los habituales: en vez de una sala de reuniones, elegimos una bici, un mapa y 421 kilómetros entre Berlín y Copenhague.
Salimos con resaca de celebración y las piernas todavía calientes de un fin de semana histórico. Los primeros kilómetros ya avisaron de que el viaje iba a pedir más de lo calculado: pinchazos, un rack que se soltó a los 10 km y una noche junto al lago Fleesensee con un frío que no esperábamos para la fecha. Al día siguiente el plan cambió , teníamos que encontrar la mejor tarta alemana, fue en Linstow donde encontramos un Gutshaus que se convirtió en el claro ganador, con velas incluidas por el cumpleaños de Joan.
Rostock fue el punto donde el viaje dejó de ir según lo previsto. Un desvío por obras nos perdió por la ciudad y nos costó dos ferris seguidos. Cuando por fin cruzamos, Dinamarca nos recibió con lluvia en Gedser y playas preciosas que no se acababan nunca. Esa misma noche, en un bed & breakfast improvisado con sauna, baño frío y comida casera, entendimos algo simple: el mejor momento del viaje llegó justo después del más caótico - quizás un guiño a lo que se viene en monk.
Los dos últimos días, atravesando una Dinamarca llana y silenciosa, fueron los que de verdad importaron. No por el paisaje, sino por lo que se dice cuando llevas horas pedaleando y ya no queda nada que fingir: qué colecciones vienen, a qué mercados vamos, qué dejamos atrás.
No hicimos ese viaje para desconectar de Monk. Lo hicimos para recordar por qué existe. Las mejores decisiones de marca no siempre salen de una sala, a veces salen de una carretera, con las piernas cansadas y la cabeza, por fin, despejada. Copenhague fue la meta. El camino fue la estrategia. Keep tuned!
